"La Navidad en que el tiempo se detuvo"
La calle Preciados era un río de gente, bolsas y luces parpadeantes que mareaba. Clara avanzaba dando codazos, mirando la hora en su móvil cada treinta segundos. Faltaban cuatro horas para la cena de Nochebuena, le faltaba el regalo de su cuñado y el postre aún no estaba listo. Su corazón no latía, galopaba.
Fue entonces cuando, huyendo del ruido, giró en un callejón estrecho y vio el letrero: Reparaciones del Tiempo.
Entró buscando un reloj barato. El timbre de la puerta no sonó; en su lugar, el silencio la abrazó como una manta pesada. La tienda olía a canela. Detrás de un mostrador alto, un anciano ajustaba un tornillo minúsculo con la precisión de un cirujano.
—Disculpe, tengo mucha prisa —dijo Clara, tamborileando los dedos sobre la madera—. ¿Vende relojes de pared? Necesito uno rápido.
El anciano levantó la vista. Tenía los ojos del color de la miel antigua. —Aquí no vendemos relojes para contar las horas, señorita Clara. Aquí reparamos el tiempo que se ha perdido.
Clara retrocedió un paso. ¿Cómo sabía su nombre? —No tengo tiempo para los acertijos. Me voy. —¿Te vas? —preguntó Antonio con voz suave—. ¿A dónde? ¿A esa cena donde estarás presente en cuerpo pero tu mente seguirá repasando la lista de tareas? El año pasado te perdiste la historia que tu abuela quería contar antes del brindis. Este año, ella ya no está.
El bolso de Clara cayó al suelo. El golpe sonó sordo. Sintió un nudo en la garganta que llevaba meses ignorando. —Yo... solo quería que todo fuera perfecto —susurró, y la prisa se le escapó por los ojos en forma de lágrimas.
Antonio salió detrás del mostrador. No caminaba, parecía deslizarse. De su bolsillo sacó no un reloj, sino un pequeño reloj de arena con un polvo dorado y brillante en su interior. —La perfección es enemiga del momento, Clara. No puedo devolverte a tu abuela. Pero puedo darte esto.
Clara tomó el objeto. Estaba tibio. —¿Qué es? —Es el tiempo que ibas a gastar estresándote por el postre o los regalos. He metido esa ansiedad aquí dentro. A cambio, te llevas "Presencia". Cuando llegues a casa, no te preocupes si el mantel tiene una arruga. Solo escucha. Mira a los ojos. Ese es el único regalo que importa.
Clara salió de la tienda aturdida. Cuando se giró para mirar el escaparate una vez más, solo vio una pared de ladrillos y un gato negro que la miraba con indiferencia.
Esa noche, el postre se quemó un poco. A nadie le importó. Clara se sentó en la alfombra con sus sobrinos y, por primera vez en años, no miró el reloj ni una sola vez. Descubrió, que la Navidad no era una fecha en el calendario, sino el tiempo que decidimos detener para compartirlo con otros.
Consejos:
Antes de escribir, decide a qué huele y a qué suena tu escenario. Los sentidos transportan al lector más rápido que las explicaciones.
Define a tus personajes por lo que hacen, no por los adjetivos que usas para describirlos.
Para los cuentos de Navidad, te sugiero usar objetos cotidianos (una vela, una bufanda, un reloj) Solo tienes que darle un significado emocional.
Recuerda que tu personaje debe salir de la historia siendo ligeramente diferente a como entró.
Clara empieza la historia corriendo y termina la historia sentada en la alfombra. Su movimiento físico refleja su cambio interno.
Reto:
Ahora es tu turno. Imagina que entras a la tienda de Antonio. ¿Qué objeto te entregaría él para ayudarte a vivir una Navidad con sentido? Escribe un párrafo describiendo ese objeto y por qué lo necesitas.
¡Leámonos en los comentarios!
Autor que lee, escribe, publica y triunfa
María Ramos Tejada
Educadora, escritora y Blogger
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